El plan B
Es una tortura moderna. Desperdiciar 3 horas de mi vida sentada, si tenía suerte, esperando mi turno. Número 55 4. ¿Quién diseña estos boletitos? No entendía al principio qué ficha se suponía que sea fuera, la pizarra iluminaba el 84 a secas y no me gusta hacer preguntas, que asumo son retóricas, a extraños.
Tuve suerte, había una silla vacía entre dos señoras arrugadas e indiscriminadamente me senté. Olvidé mi libro en casa y no quería reemplazar el barullo de mercado con audífonos; estos lugares me ponen nerviosa, el error más pequeño puede duplicar tanto el tiempo de la estadía como los niveles de ansiedad e ira. Decidí respirar profundo y ser paciente, divagar sería el plan, soy buena para eso y quizá hasta se me ocurriría alguna buena idea. A fin de cuentas sería la última vez que iría a ese lugar, la televisión por cable es un lujo prescindible y si ignoraba el reloj por unas horas todo habría terminado.
La estrategia llevaba en marcha unos diez minutos más o menos cuando escuché justo detrás mío a dos mujeres divulgando detalles íntimos sobre el parto de una amiga. Decían algo acerca de los centímetros de dilatación cuando la señora que se arrugaba cada vez más a mi derecha me distrajo de golpe, aludiendo a las “grandes indiscreciones” de las señoritas. Sutilmente giré para verlas y al encontrar dos enormes escotes que balanceaban a medio metro de mi cara solté la carcajada delatora que atrajo la atención de las voluptuosidades colgantes y de un considerable número de chismosos. Cubrí la mitad de mi vergüenza con mis manos y permanecí inmóvil, esperando que la gente perdiera el interés mientras el pequeño ser a mi derecha sonreía con cierta maldad.
Una necesidad irreprimible de interrogar a la anciana respecto a su comentario fue acallada por una sentencia que ordenó escucháramos qué más decían. Sin saber exactamente porqué obedecí y guardé silencio. Algunos pasos más adelante en su correspondiente fila, las indiscreciones habían vuelto al parto acompañando cada frase con alguna flexión innecesaria de brazos o rodillas y alguna risilla aguda; una preguntaba simulando preocupación, la otra respondía aparentando apoyo incondicional a la decisión final de su amiga. Me distraje un poco pensando en la excelsa idea de la viejita, escuchar conversaciones ajenas puede ser siempre un plan B a pesar de las implicaciones morales.
Un inmenso dolor llegó a mis oídos mientras se desgarraba el cuerpo de la madre… Yo pensaba en la vida, en la muerte, en el dolor del primer llanto, en el valor y el instinto, el desgarramiento, la luz. A esas alturas no habría pensado en la inutilidad del ser humano ni en la cobarde vanidad que a medio camino optó por el confort de la anestesia general, una cesárea innecesaria y una gran desilusión. Miré confundida a la vieja como esperando una nota aclaratoria. Para tan común desenlace mejor habría seguido con el plan A.
Planchó los labios con su lengua antes de acercarse un poco y me habló de su visita a una tienda horas antes. Yo quería interrumpirla, quería decirle que me sentía estafada, bastante era ya pasar la mañana en un sitio como ese y no hallaba relación entre sus palabras y lo ocurrido, pero no me atreví. Se creyó capaz de cargar no sé qué cosa imposible para alguien de su edad. Frente a su incapacidad, pidió ayuda a un joven empleado apelando a la superioridad de su fuerza masculina. Ofendido, el empleado la miró fijamente unos segundos para después erguir altivo su gran pecho ante ella, quien lejos de quedar impresionada respondió que el tamaño de sus senos no disminuía la fuerza de sus otras bolas.
Mi risa de imán me traicionó de nuevo, esta vez a coro con el remedo de timbre que otorgaba su turno a la curiosa anciana. Sonrió de nuevo y antes de entrar a la oficina aclaró finalmente que siempre hay un plan B. Minutos más tarde la pizarra marcaba el 55 4 y casi de inmediato me encontré de camino a casa, escuchando con atención.