Pasaba de la media noche cuando entró a la casa. Prendió las luces en seguida para encontrar su camino a la recámara. Ella dormía de lado, su espalda le ocultaba el rostro. Tenía los pantalones a la mitad cuando ella se giró bruscamente hacia él. Quería saber dónde había estado. No dormía.
Él sabía que así sería, que la encontraría despierta, que la encontraría molesta. Pensó en esto de camino a casa en el autobús. Entre los conductores anónimos que los rebasaban podía ver sus ojos imaginarios tan amenazantes como los reales. La veía sobre la cama fingir el sueño sin talento. Liberó el aire de su pecho y miró alrededor. Las luces de la calle y del camión se habían prendido hacía largo rato, nadie lo miraba observar a los demás; nada les importaba lo que había sucedido, ni lo que iba a suceder. Sin saber aún cómo explicarle lo ocurrido, miró su reloj y después la calle, en poco tiempo llegaría a destino y tendría que enfrentarse a los ojos verdaderos.
Jaló aire y comenzó por repasar los hechos uno por uno en su cabeza analizando el orden en que los iba acomodando, limando, omitiendo y reorganizando detalles. Repetía la historia en voz baja moviendo apenas los labios para comprobar su veracidad y corregía y aumentaba y adornaba con gesticulaciones que planeaba cuidadosamente buscando con retoques la perfección. Pensaba también en que era necesario además adoptar la actitud correcta, si lo veía nervioso todo se vendría abajo y no tenía mucho tiempo. Tuvo que ponerse de pie y sujetarse de la barandilla de metal que pendía del techo del camión, tocó el timbre deseando que no sonara, que el chófer no hiciera alto y siguiera su camino indiferente a él y a su destino, mas después del pitido se vio bajando los escaloncitos y pronto sus pies andaban sobre el pavimento en dirección a casa.
Esperó frente a la puerta, adoptó la actitud correcta, giró la llave y cerró tras de sí. Quería saber dónde había estado. Terminó de quitarse los pantalones y abrió su discurso con una disculpa acompañada de una sumisa inclinación de cabeza. Comenzó por contarle lo que había ocurrido de camino a la oficina y cómo aquello había provocado en principio que se atrasara con su agenda. ¿Qué le importaban a ella los problemas de su oficina? ¿Y cómo explicaba eso dónde había estado?
El siguiente paso era mencionar algo absurdo que diera credibilidad por contraste al resto de la historia que había preparado. Seguramente llegaba a casa a esas horas porque disfrutaba haciéndola sufrir, seguramente se había largado por ahí de pedo con un par de transexuales que guardaban con celo el secreto de su sexualidad doble. Seguramente había llevado a su amante a cenar, en microbús, a un fino restaurante en la parte cara de la ciudad y ambos se habían reído de ella a borbotones entre copas y besos.
¡Qué ridiculez! Ella no era tonta, quería la verdad. La verdad era que se le había olvidado por completo que debía llegar temprano y se había quedado platicando plácidamente en la oficina con sus achichincles.
Con fingida resignación y dispuesto a sincerarse le dijo finalmente, confiando en que comparada con las extravagancias previas cualquier cosa podía pasar por verdadera, que su jefe apareció de sorpresa cerca de la hora de salida y no pudo zafarse ni para llamar, a pesar de haberlo intentado en más de una ocasión. Que estaba avergonzado. Que se lo compensaría pronto. Sin decir palabra ella se dio vuelta. Victorioso, él apagó la luz, deslizó su cuerpo sonriente bajo las cobijas junto al de su mujer y tranquilamente se quedó dormido.