El Viejo Gusano

Posted: abril 4, 2011 in Cuentos

La multitud iba y venía a través de globos y dulces de colores, batiendo con cadencia de marea ruidosa los adoquines, serpenteando entre los árboles del parque. Adolescentes de secundaria en roces disimulados, vendedores de burbujas soplando su carnada de jabón, niños jugando con pelotas, perros con complejo de avestruz  olfateando rincones. Una vieja derrochaba pan sobre un despoblado, sobornando por compañía a las oportunistas aves urbanas.

El día en retirada manchaba el parque de anaranjado y el atardecer marchaba tranquilo como cualquier otro ya pasado. Una móvil monotonía reinaba sobre las cabezas, como si las tardes del domingo en ese parque, o quizá en todos los parques, estuvieran destinadas a ser siempre la misma. Sin aviso, un punto aloque destacó de entre el resto del naranja vespertino, cerca de la fuente que adorna el parque en su epicentro; una silueta demacrada, de piel áspera a simple vista, sus pelos gruesos y aceitosos se enredaban negros con blancos en la frente y caían sobre sus hombros en grumosas trenzas, peinadas por el viento. Llevaba allí casi tanto como algunos árboles de los altos, su barba larga como las ramas, los ojos pequeños y nubosos buscando entre lagañas el todo y la nada en el horizonte. Andaba el parque a su propio compás, llevándose a cuestas, descansado en bancas y arboledas, visitando nuevos y viejos lugares, indiferente al tiempo escurridizo.

Cerca de la fuente, la espalda bermeja contra un amplio tronco, firme y sereno, perdió de vista el horizonte y se dijo en voz baja: ¡La tengo! Miró por pocos segundos a las otras personas, no los había visto en años, una niña le sonreía a pocos pasos y las aves se iban acercando a mirar desde sus palcos de madera, las nubes difusas de azafrán.  Respiró hondo, hasta lo más profundo, expandiendo a tope sus arrugados pulmones y aguantando la respiración juntó piernas y talones, extendió los brazos al cielo, palmas abiertas, los dedos juntos, como un gran árbol, una gran ye cerrando los ojos. Sin aviso aquel extraño y torcido árbol vagabundo comenzó a vibrar con más y más fuerza hasta irradiar luz propia, inundando el espacio con su halo y atrayendo a la curiosa multitud que corría y se amontonaba a trompicones para admirar el sol en miniatura brillando intensamente en el núcleo del parque.

No en el horizonte, no en el público ni el cielo sino en algo más, se posaron sus ojos sucios al abrirse de súbito; eran y no eran, mirando y no mirando y el silencio se extendió un instante, paralizado. Los cuerpos se reflejaban deformes en sus retinas y sin decir palabra dejó escapar de entre los labios un hilillo de aire, luego un río. El deslumbrante abdomen del hombre se desbordaba en una larga exhalación azul celeste y en un momento el huracán de sus pulmones se desató violento sobre sí mismo, sobre el parque entero, soplando rostros, despeinando cabellos, batiendo copas y hojas sueltas que giraban velozmente a su alrededor. Una súbita explosión de viento, el cuerpo del viejo, más rojo ya que anaranjado, se volvió de azul entero y envuelto en una esfera de aire, luz y humo, ardía en el interior, cada partícula vibrando en su centro, inmutable a la vista. La multitud miraba asombrada, expectante, embriagada por el azul filtrado en el atardecer naranja que los abrazaba, esforzando la mirada entre el ventarrón. Bocas abiertas. Ojos desorbitados.  El mundo desafiado por un melenudo perezoso. El último aliento liberado dibujó una mueca distorsionada y el universo, de pie ante él, congeló ese instante y la silueta azul  desapareció repentinamente, sin cortinas ni ayudantes.

Sin su azul artificial, el parque y sus habitantes volvieron al monocromático domingo de siempre y no había rastro, señal o huella que pudiera hallarse, por minúscula que fuera, de aquel extraordinario evento. Pocos segundos después, tras buscar alrededor, arriba, abajo, detrás, el silencio fue roto por la humanidad prevaleciente, los niños preguntaron a los padres, los padres a ancianos y vendedores. La noche se coló sin otorgar respuesta y el público se dispersó en todas direcciones, sólo para olvidar pronto lo sucedido.

Anahí Cifuentes

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