El Milagro de Newton

Posted: abril 4, 2011 in Cuentos

Se encogía allí al fondo, ante la piadosa cruz de cedro que pendía sobre su cabecita encanecida prematuramente, agazapada como un gatito temeroso, las palmas juntas.

La luz de la mañana se filtraba tímida por el rosetón que engalanaba el sagrario, reflejando su arcoíris aplomado en el rostro dolorido y coloreando el jugo que sus párpados exprimían diligentes. El sagrado recinto era poco más grande que el armario de escobas a dos puertas de distancia y desde el pasillo exterior se colaba el olor a limón del limpiador, que tan bien disimula el aroma a muerte de los hospitales.

Dos pisos debajo estaban la sala de urgencias y un pequeño cuerpo, sanguinolento aún, cubierto hasta el pecho con una sábana blanca, respirando todavía. Su rostro como dormido, henchido de tubos saliendo y entrando por todos orificios, se reflejaba en los ojos de ella, quien detenida a la fuerza por tres gorilas con pinta de enfermeros buscaba refugio en la capilla.

El murmullo que escurría de entre sus delgados labios revuelto con la baba que acompaña al sollozar desesperado, audible apenas para las arañas. Haciendo una pausa miró alrededor para encontrarse a solas frente a la impúdica figura casi encuerada que le devolvía la mirada con sus ojos de canica. Con la seguridad que otorga la soledad continuó su penitente cuchicheo, entrelazando los dedos que en un puño doble se incrustaban en su barba empapada de sal.

—Señor, yo sé que no soy nada, soy menos que nada, pero Tú, ¡Oh Tú! Eres mi única esperanza y la de él… ten piedad de él, es lo único que tengo. No ignoro que todos los días debes escuchar la misma cantaleta desesperada, millones haciendo cola por un milagro y aquí estoy yo, tu humilde sierva, tu hija, queriéndome colar al principio de la fila…

Nunca con tal fervor había rezado, había pedido, había suplicado; su cuerpo una maraca rota, temblaba muda y sin control entregada por completo al terror, a ese terror que como promoción de tienda viene pegado a la vida con cinta pegante.

Indiferente a la tercera ley de Newton jaló hacia sus adentros los mocos que obstruían su respiración y secó con una manga la babaza colgante para poder continuar, el tiempo corría a la cabeza del maratón acercando tremenda el temido desenlace. Un sollozo la tomó por el pescuezo oprimiendo con fuerza asesina.

—Desde el fondo de mi humilde corazón te ruego, no importa cómo sea, en la calle, en un callejón cercano, no creas que quiero decirte como hacer tu trabajo, ¿Qué sé yo de ser omnipresente y todopoderoso? Yo, que no soy más que polvo, cobarde e incapaz de llevar a cabo lo que es necesario, pero Tú, para Ti es cosa de todos los días, una acción cotidiana que sólo Tú puedes realizar sin remordimientos y con el derecho divino que no me pertenece…

El silencio inundó el recinto momentáneamente, de nuevo se volvió para asegurarse que su charla con el creador fuera privada antes de concluir:

—Es sólo una refacción lo que necesita…

Junto a los tres simios con bata que bloqueaban la entrada a la sala de urgencias la esperaba Martín.

—Le he pedido a Dios por él ­—le repetía a su marido.

No había más que esperar por el momento dijeron los médicos y con un pañuelo azul de mar que sacó del bolsillo trasero de su pantalón, Martín trató de secar el dolor de su mujer, pidiéndole que fuera a casa a descansar. Tras discutir unos minutos, exhausta, accedió y se encaminó a la salida.

Sus pies tropezaban entre sí al cruzar la calle y el llanto que la volvía miope confundió el rojo con el verde entre el chillido de un frenazo desesperado.

Un médico más de rostro novedoso se acercó sonriente al encorvado Martín, sentado aún en la sala de espera:

—¿Señor Martín Suarez?

­—Sí, soy yo.

—Alégrese, ha ocurrido un milagro.

Anahí Cifuentes.

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Comentarios
  1. Cesar Canales dice:

    de lujo

  2. Cesar Canales dice:

    super, que buen cuento

  3. Hola Anahí.
    Me ha agradado leeos, seguid actualizando vuestro blog y avisadme cuando así le hagáis, ¿vale?
    Abrazo.

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